UN ESTUDIANTE DE AGRICULTURA

CRONICAS DE UN ESTUDIANTE DE AGRICULTURA
«Todos los de agricultura, son unos buenos muchachos»
“Un matón que llego de la Escuela Militar “.
Nelson Romero Pineda (XV Graduación )
Con especial gratitúd y aprecio al «ticher» Ibarra.

Una mañana a finales de Abril de 1970, cuando me encaminaba con mis compañeros de cuarto Isidro Reyes (zosimo) y José Antonio López ( la zorra) a desayunar al auditórium de la Escuela, le vi; caminaba delante de nosotros, de andar lento, robusto, de anchas espaldas cubiertas por una camisa militar verde olivo, parecía que nos iba esperando, al alcanzarlo, precisos por ser de los primeros en el desayunador (fuimos buenos «buitres), pasamos a la par de él, nos dirigió la mirada y dijo con voz áspera y como acostumbrada al mando:
— ¿Donde se desayuna aquí?…le pedimos nos siguiera ; no sabiamos quién era, imaginé podía ser un alumno del año pasado que le habian pospuesto la beca, hizo fila trás de nosotros y después de recibir la vianda con los infaltables frijolitos molidos, platanos fritos,queso o crema , tortillas calientitas y leche fría o café, se sentó a la par mía, por lo que supuse era alumno de primer año, ¿de qué año? le pregunte…— de primero, soy Simón Tadeo Morejón, dijo mirándome fijamente, extendiendome su mano a manera de saludo y continúo, — ¿de qué año son Uds.?…
Días después supimos que Morejón, estudio… ¿estudio? en la Escuela Militar y que había sido dado de baja por deficiencia académica, por aquellos años se decia que era costumbre que algunos que “no daban el ancho” en la entonces llamada “Escuela de Presidentes” les conseguían beca en La ENA…Morejón fue asignado a la Sección “A” del primer año, en la que yo estaba, ya había pasado el primer ciclo, ya éramos menos, el Ing. Cesar Arístides Solano, “gallo de lata” (QEPD) habia sido “el colador”,su materia de química agrícola I había diezmado nuestras filas, de los 150 “reclutas” que habíamos ingresado en enero quedamos unos 90,algunos no aguantaron “la reclutada” de los de II y III año, otros el duro trabajo de campo, algunos la férrea disciplina, otros la pesada carga académica y otros la ausencia de su enamorada, todo eso además de agobiante, la ambientación al internado nos hacia más dificil la vida de estudiantes de agricultura.
Mi adolescencia la había tenido en El Tránsito, San Miguel, en el oriente del país; lugar donde las estaciones seca y lluviosa eran bien marcadas y donde a los gatos se les llamaban «minchos» y todos los amigos se decian «primos»; en el viaje en un bus de la «TUDO» de San Salvador a la ENA, «Make Me Smile» de la banda «Chicago» sonaba en la bocina del radio; hacia el occidente vi todo distinto, cafetales siempre verdes, fincas y haciendas a la orilla de la carretera en plena ostentación de grandeza y belleza, La ENA era así, con jardines muy bien cuidados y ornamentados, sus edificios de paredes pintadas de tonos gris y blanco, impecables, con buen mantenimiento y aquel enorme auditórium de forma de “platillo volador”, sencillamente puedo describirla como un lugar que me pareció de una arquitectura futurista sacada de una película estadounidense.
La ENA sería mi hogar, mis compañeros y profesores mi nueva familia por un buen tiempo, esos años no sé porque me parecieron largos, pero de días que sentía que pasaban volando, quizás por el agitado trabajo y la faena de los estudios;el constante recuerdo de un amor lejano y pueblerino me daba una angustia solo reprimida por el anhélo y deseo vehemente de convertirme en “Perito Agrícola” y asi tener una profesión con la que me ganaría la vida, aunque los nocturnos gritos de «reclutas ya se van a ir en las pavas» o » hay viene gallo de lata reclutas hijos de puta» de los de segundo año, me daban cierto temor de perder la beca, por lo que daba gracias a Dios por cada ciclo de estudios que pasaba y que yo aún estaba allí, me preocupe y me entristeci cuando al final del primer cíclo, los primeros compañeros se fuerón en «las pavas».
Morejón no fue “recluteado”, no se dejo rapar la cabeza ni acepto la “jodarria”, ni de los de tercer año, todos le temían a sus broncas, no lo apodaron, algunos decían que:“qué mejor apodo que su apellido”; pero después se le llego a conocer como “el animal”,sus gruesas manos de boxeador parecían estar programadas a soltar un fiero puñetazo a la menor provocación, no gano respeto sino miedo de los demás, me parecía que hasta se sentia inmune al “ticher” Ibarra y don Napito; algunos coincidimos que había llegado a La ENA de paseo, no se aplico al estudio, aunque mantenía la disciplina y el trabajo requeridos de manera un poco aceptable; yo me limitaba a mantenerme alejado de él, sus bromas eran pesadas y críspantes, algunos se las celebraban a manera de “mejor tenerlo de amigo, que de enemigo”; vivía solo, en un cuarto asignado para instructores en el edificio “C”, en realidad no era del todo un ermitaño, le gustaba salir a vagar.
En ocasiones sentía que los días transcurrían lentamente, casi monótonos, procuraba no salir de la escuela cada quince días como una forma de evitarme gastos de dinero que no tenia, al igual que Juan Francisco Vásquez ( «chico cuche» ), iba a mi pueblo a «las quinientas» o cuando no era posible quedarse en la escuela por las vacaciones de semana santa, agosto o fin de ciclo de estudios, solo los que hacian «turnos de trabajo» y a los extranjeros se les permitia quedarse; «chico cuche», otros y yo eramos siempre «voluntarios» para esos turnos; la noche del 29 de Julio de ese año, llovió a cántaros desde las dos de la tarde en todo el país, la tormenta parecía que duraría toda la noche, me sentía muy triste y con el corazón muy compúngido, no entendía él porque de esa angustia desesperante y que me arrebataba la tranquilidad .
En la cena y por no estar próximo algún examen se nos permitía ver TV hasta las 8.30 pm, hora en que don Napito “apagaba” el TV (B/N) del auditorium, en él que se veían los canales 2, 4 y el incipiente estatal 10, ocasión que aprovechábamos algunos para las acostumbradas y gustadas tertulias de la noche en el comedor o a ver «Teleprensa» del canal dos; recuerdo que un estudiante de tercer año llego a la mesa donde cenaba y me dijo: — el Teacher Ibarra,quiere hablar contigo dice que vayas a su mesa despúes de que termines de cenar ¡… ya faltaba media hora para las 9.00 pm, la hora en que sonaba «la chicharra», teniamos que apagar la luz del cuarto y acostarnos a dormir.
Sentí un raro presentimiento, no era usual que se nos llamara en horas de comida o descanso para algo irrelevante, me levante presuroso y me dirigí hacia las mesas asignadas a profesores, instructores y a los inspectores; salude respetuosamente, “el Ticher” Ibarra tenía un semblante serio y en sus manos lo que me pareció un telegrama, me preocupe al instante y mi corazón me dio un vuelco, «el ticher» al contestar mi saludo, con voz pausada y con suaves palabras me dijo:
—“Por favor siéntate…necesito hablar contigo, lo siento mucho, recibimos este telegrama de un familiar tuyo…tu mamá ha fallecido el día de hoy, un pariente te espera en el parqueo para llevarte a tu casa, no te preocupes, ve y regresas después del funeral, te esperamos ¡…se puso de pie y me dio un calido abrazo, los demás en la mesa me dieron sus condolencias, sentí que me hundía en el piso y un vacio confuso se apodero de mi; de los presentes en la mesa sólo recuerdo a don Napito y a él instructor de campo Emmanuel Orellana, conocido en la escuela como «clavo de riel»,al salir del auditorium, vi un taxi aparcado, mi vida esa noche cambio para siempre!
Era mediados de Agosto, la canícula de San Juan se había extendido un poco lo que nos permitía realizar por las cosechas de hortalizas sin lluvia, el departamento de horticultura abundaba en verde, la huerta de guineos, la de limones pérsicos, la de mangos Haden, la de naranja Valencia; los cultivos de chile Yolo Wonder y tomates Roma y Homestead habían sido muy productivos, se cumpliría la meta para la planta procesadora de alimentos, cocina y para el reparto al personal técnico y administrativo residentes en la escuela; esa mañana fui asignado al grupo de cosecha de tomates, este lo conformamos varios alumnos de distintos grupos de tareas, para esa semana esperábamos la evaluación de trabajo de campo del Ing. Luis Enrique Palomo, jefe del departamento; entre los compañeros de ese grupo recuerdo a: Morejón, Mario Mejía Guevara ( pata chuca ), Julio Vaquerano (totocón) y a Hinds, un compañero que se iria en «las pavas» al final del ciclo y quienes quedarían en mi memoria por mucho tiempo, por los acontecimientos que estaban por suceder.
El Perito Agrícola Rodolfo Ernesto Moran, era de pequeña estatura, unos cms más alto que el P.A.. Emmanuel Orellana, no le conocí su apodo, era de hablar suave y hasta bondadoso, muy gentil y “buena gente”, llegó a impartirnos las tareas de cosecha, las cuales eran de tres surcos de unos 25 metros para cada uno, nos recomendó que solo los maduros; me puse de inmediato a la cosecha, el duelo por la muerte de mi “joven madre” me apenaba mucho, me volvió taciturno y ensimismado, al largarse el Sr. Moran algunos compañeros empezaron a lanzarse tomates, me cayeron unos cuantos en la espalda, no volví a ver quien los lanzaba, trate de ignorarlos, pues no me sentía con ánimos para bromas, pero me siguieron cayendo, lo que ya empezó a fastidiarme, me volví y pude ver a Morejón agacharse y esconderse tras un surco, a unos seis metros de donde yo estaba, le vi una sonrisa de oreja a oreja, siguió tirándome tomates, mi camisa de “dril” azul se volvio de color rojizo como pintada con “salsa de tomates”.
Al avanzar en mi surco vi un tomate Homestead “sazón”, debería pesar una media libra, recuerdo su color verde pálido con amarillo rojizo, lo corte cuidadosamente no lo puse en la canasta, lo palpe suavemente con ambas manos, era muy compacto, duro, me cayó otro tomatazo, volví a ver hacia el surco donde estaba Morejón y lo vi agacharse, iso facto dispare con fuerza el Homestead hacia donde habia úbicado a Morejón, en el preciso momento en que él se paraba con un tomate para tirármelo, vi como en “cámara lenta” como el Homestead se estrello en su ancha nariz desparramándose en pedazos por toda su cara, cayó de espaldas aún con el tomate en su mano, como impelido por un resorte se levanto y corrió feróz hacia mí, me pareció un embravecido toro Angus, vi espuma en su boca y sangre en su nariz, lo oí gritarme desaforado: —“ te voy hacer mierda, hijueputa” , Morejón era muy fornido y fuerte para enfrentarlo cuerpo a cuerpo; las palabras del Dr. Herrera de la clínica de la escuela:“sos todo un alfeñique muchacho, no pesas más de 110 libras, el requisito para ingresar a la escuela son 120, cuando regreses a tu casa come muchos platanos para que subas de peso», resonarón en mi cabeza, disparandome todos mis miedos juntos
Morejón debía de pesar unas 180 libras, era corpulento y fuerte, me era imposible enfrentarlo a puñetazos, entonces agarré a la «catalina» mi cuma de dos palmos, la habia bautizado asi en honor a doña Catalina Morales, la jefa de correos de El Tránsito y dueña de la comercial «Morales», quién me la regaló junto a una matata y una piedra de afilar cuando supo que iba a ingresar a la ENA, sentí un gran alivio tenerla conmigo, la mantuve detrás mío y lo espere, oí a mis compañeros gritándome que me corriera, Morejón se me acercaba a trote militar gritandome:
— “Te voy a dejar nuevecito a verga, hijo de la gran puta, no tengo nada que perder, pendejo “; pensé en “mi joven madre” recién fallecida y me dije: “yo también no tengo nada que perder”; empuño su mano derecha y la retrocedió para golpearme a la cara, entonces saque mi cuma de dos versos y la blandí sobre él, al verla instintivamente en un acto reflejo se volvió y me dio la espalda, recordé que habia oí decir: “quien pega primero, pega dos veces” y sin reflexión y sin misericordia alguna le deje ir el primer planazo, el que “sonó a pisto” en su lomo, oí un grito instándome a detenerme, pero le deje ir el otro, el que se detuvo bruscamente otra vez en su ancha espalda…la suerte estaba echada, esa mañana me habia ganado a mi peor enemigo en la escuela !
Morejón corrió hacia un árbolito de naranja Valencia, bajo su sombra habíamos dejado las cantimploras y machetes, agarro uno y corrio hacia mi, comenzamos la pelea, el tenía la ventaja de un arma más larga, el haber pegado primero me envalentono y ataqué furioso, fueron varios los filazos y los quites, mi cuma resistía el hierro implacable de aquel machete que Morejón me lanzaba a destajo con una gran furia desmesurada y con malas intenciones; sentia que mis piernas me temblaban y temi flaquear, en el frágor del combate que duro solo unos minutos, pero que a mi me pareció de horas y empapado en un sudor copioso, vi como unas varas de bambú se interponían entre los dos, era «patas chucas», «totocón» y otros compañeros, quiénes las azotaban entre los dos gritandonos:
—Paren hijos de puta… se van a mataaaar ! …Mario, Julio Armando y otro compañero el que no recuerdo quién era, lograrón apartarnos y se interpusierón entre los dos con las varas de bambú entre sus manos; Morejón resolloba pálido y furioso con ganas de desquitarse los vergazos, en eso de repente se oyó el ruido del motor del viejo “Massey Ferguson” rojo, el que se acercaba a vuelta de rueda, lento, con el Sr. Morán al volante y varios compañeros en el tráiler, me muy sentí aliviado y uuff…me habia salvado la campana de un seguro desastre que hubiese echado al traste toda mi vida ! .
Llevamos los tomates a la planta procesadora de alimentos, en el trayecto Morejón, iracundo no me despegaba la vista, la que reflejaba odio y deseos de venganza, al llegar a la planta, empezamos a bajar las cestas con tomates, cuando agarre una con otro compañero, Morejón lo aparto y la agarro, quedamos frente a frente, vi su nariz morada e inflamada como una berenjena y de la que salia un hilito de sangre, lo que me dio una risita nerviosa y mal disimulada, al verme me miro todavia con más furia y me dijo:
—“ No pasas de hoy, sin que te majé a verga hijueputa¡”, no le conteste, sentí miedo, recordé a Clint Eastwood en:» El bueno, el malo y el feo» una vieja pelicula del oeste que vi en el cine «Alameda» de Usulután, Eastwood miraba fijamente y frunciendo el ceño a sus enemigos, sonriendo y con un puro en la boca les decía: «se llego tu hora bandido» lo que a estos los atemorizaba, lo mire muy fijamente y sonreí tratando de aparentar no tenerle miedo, de lo que me arrepenti de inmediato, porque Morejón se enfurecio todavia más y descargó el peso de la cesta contra mí, no pude sostenerla y la solté, esta cayó al piso desparramándose algunos tomates; entonces la voz tranquila y mesurada de don Juan Umaña, parecio calmarlo al decirnos:
—“Muchachos con cuidado, no tienen porque moler ustedes los tomates, eso lo haremos nosotros en la planta”.
Ya en mi cuarto, me bañe intranquilo y me arregle para ir al almuerzo, no podía disimular mi temor, mi única arma era el tenedor y el cuchillo de mesa, siempre me gustaba ser de los primeros en la fila y a él también en lo que coincidiamos, los dos eramos «buitres» consumados, ya sentado en el comedor, tuve la sensación de que me miraban, levante la vista y lo vi, estaba a una mesa de por medio, me miraba fijamente y al cruzarnos las miradas, movió la cabeza de arriba a bajo a manera de sentencia, aún tenia la nariz muy inchada y morada, yo esquive su mirada; debo confesar que se me fue el hambre por la angustia, en un momento en que vi que platicaba con otro compañero, me levante de la mesa sutilmente y me fui para mi cuarto, faltaban unos veinte minutos para entrar al aula de clases, mi aflicción crecia y crecia cada vez más.
En la primera hora tendriamos la clase de “hortalizas I”, con el Ing. Alexander Aguiluz; («manos chucas»), quien se tomaba media hora en pasar lista, como un instinto de supervivencia me eche la navaja de injertar al bolsillo, era marca “Coleman”, hacia tres días me la había afilado por 0.15 ctvs. Juan, un campesino que trabajaba en el depto. de Horticultura junto al «Jute», me fui a clases acompañado de “zosimo” y el burlón de la «zorra”, estaba seguro que en una pelea con Morejón no me defenderían, pero me daba cierta tranquilidad el ir junto a ellos, intuía que Morejón podría pensar que ellos podrían ayudarme en caso de una refriega con él..
Me gustaba sentarme cerca de la ventana, pero Morejón ya se había tomado un pupitre a inmediaciones de ella, por lo que me fui a uno de en medio, el reloj marcaba la una con cinco minutos de la tarde, cuando entro don Napito Cortés, se paro enfrente y con su estilo acostumbrado de ponerse el dedo indice en la achatada nariz, con su suave y calmada vocecita dijo:
—“Muchachos, el Ing. Aguiluz llamo para decir que no vendrá hoy a dar su clase, por favor aprovechen la hora para estudiar, portense muy bien y nada de desordenes, por cualquier cosa estaré en la inspectoria”…al oír decir eso a don Napito sentí que el alma se me fue del cuerpo, por instinto volví la vista hacia donde estaba Morejón,me miraba, vi mover su cabeza de arriba abajo y sentenciándome una vez más, me dijo:
— “Se te llego la hora cabroncito”… golpeaba repetidamente su palma izquierda con su puño derecho, me amenazaba con la matonería acostumbrada por el mas fuerte ante el más débil; pensé salir detrás de don Napito y contarle lo que me sucedía, pero me dio pena, eso sería seguir viviendo con miedo a Morejón, fue entonces que decidí a pesar de todos mis temores enfrentarlo…vino a mi memoria la cita anónima: “la mejor arma es el ataque” y eso es lo que haría; vacilé un poco porque temía perder la beca si el «ticher Ibarra o don Napito nos pillaban, pero ya la suerte estaba echada…no había vuelta atrás, era ahora o nunca.
Al salir don Napito del aula comenzó la algarabía de todos los compañeros, entre mis temores por un incierto futuro en la ENA recordé mi escuelita de mi Cojutepeque de infancia, mis frecuentes peleas con mis compañeritos matones, en las que siempre sacaba la peor parte y en las que «Chusin» Rosales, mi amiguito de «uña y carne» siempre me defendia, ahora tendría que hacerlo yo solo !…saque la «Coleman» de mi bolsa trasera y abrí con sigílo su afilada hoja, la empuñe con una decisión mal pensada y confusa, despacio y decidido me levante del púpitre, algunos de los compañeros habian dejado sus asientos y platicaban entre ellos, vi a Morejón aún sentado, me buscaba con la mirada, pero yo ya estaba frente a él, y le grite con la voz quebrada por el miedo :
—«Aqui estas verdá hijueputa»…cuando me vio se asombró y se paró, levante mi «coleman» para que viera el filo de la navaja y le despache el primer vergazo a las costillas, cuidando de darle con «la uña» de la navaja y no con el acero, pude ver en sus ojos no solo asombro sino tambien pánico, entonces le propiné otro golpe en la costilla izquierda, se fue de espaldas y cayo al piso tumbando el púpitre, vi la blancura de su camisa teñirse de dos puntos rojo escarlata y su rostro aún con la naríz hinchada por el «tomatazo» se volvio de una afligída palidez, al estruendo del púpitre por la abrúpta caída de Morejón, algunos compañeros de la sección «A» se percatarón de mi feróz ataque, Morejón de un salto se puso en pie y retrocedio adolorido y asustado hacia la puerta y salio despávorido…me senti envalentonado…había ganado el segundo round, le habia ganado otra batalla a Morejón pero temía perder esa ya cruenta guerra !.
La noticia de «mi hazaña» se corrio como réguero de pólvora por las dos secciones de primer año, tenía temor de que se hubiesen enterado don Napito y el «ticher» Ibarra; mi «catalina» se volvio mi compañera inseparable en trabajo de campo, en las aulas y en toda la ENA, quizás podía olvidarme de ponerme el calzoncillo, menos de echarmela a la bolsa; despues de ese incidente Morejón no volvio a amenazarme, en una ocasión en la que él venía del auditorium de cenar nos encontramos cerca de la lavandería, con una prudencia rara en él se aparto de mi y siguio de paso por otro camino, respire aliviado, ya quizás todo sería historia, no volvimos a dirigirnos palabra alguna, ni aún cuando trabajamos juntos en labores de campo, ni en clases, Morejón al fin me dejo en paz, lo que agradeci al cielo y a mi inseparable «Coleman».
Francisco Urías (taco) me conto que en una platica con Morejón, le conto que habia ido a enfermería a ponerse la vacuna tetánica por las heridas que le causé y para que le curarán la naríz que no se le desinflamaba y que Bertita ( «escalera de cortar rábanos») la enfermera, le habia preguntado como se las había ocasionado y él le dijo que se había caído en la bodega de herramientas en el trabajo de campo, eso me alivio porque pense que ella no reportaría a inspectoría los golpes que con todo gusto yo le habia propinado, a «taco» era al único al que Morejón le aceptaba burlas y bromas.
Despúes de los exámenes mensuales cuando el «ticher» Ibarra ponía las notas en el tablero de inspectoría nos aglomerabamos a ver como habiamos salido, Morejón ni se acercaba, sus notas eran malisimimas, no recuerdo que hubiese pasado una tan sola materia; lo empece a ver más callado, menos comunicativo, supe despúes del trimestre que don Napito lo habia llamado a inspectoría para comunicarle que su beca había sido cesada por insuficiencia académica y que tenía que abandonar la escuela; Morejón no se fue de inmediato, se quedo un buen tiempo más, ya no fue a clases. ni a trabajo de campo, se encerraba en su cuarto y solo salía a buscar comida al auditoriúm en donde se úbicaba la cocina y el comedor, cuando ya todos lo habiamos abandonado, se volvio raro verlo, yo ya no le veía muy seguido, pero sentí temor de alguna reacción súbita de su parte para conmigo, él ya no tenía nada que perder pero yo si.
Una mañana, no recuerdo si de Septíembre o de Octúbre, yo tenía permiso de enfermería para reposar y no ir a trabajo de campo por una fuerte gripe, venía de la cocina de pedirle a «mama» Noy, la jefa de cocina, un poco de café, fue generosa y amable conmigo y me lleno mi pichelito de porcelana, una «pava» que alguién me dejo, cuando vi a Morejón, venía del edificio «C» donde tenía su cuarto, intistivamente busque en la bolsa del pantalón a mi «Coleman», por un descuido la había dejado en mi jean «bajemeze» de trabajo, sentí temor, pero no pánico, pense en usar como arma el café caliente por si me atacaba; Morejón traía en su espalda una bolsa militar verde olivo, caminaba paúsadamente y cabizbajo, me vio someramente y siguio de paso hacía la salida de la ENA a la carretera panamericana, me sentí aliviado pero a la vez senti lastima por él, de su decepción por otro fracaso en sus estudios.
Dos años despúes, en 1972, ya era presidente del país el coronel Arturo Armando Molina, quién gobernaba con una fragíl tranquilidad despúes del «golpe militar»al gral. Sánchez Hernández; » Play Me» de Neil Diamond era la número uno de «las once del once» de radio feménina, ya cursaba el tercer año; un sábado despúes de haber finalizado las tareas de ordeño en la sección de «ganado lechero», Isidro Reyes, José Antonio López, Francisco Urías, Manuel Adrían Ramírez y yo, quienes conformabamos el grupo de tareas de trabajo, solicitamos permiso a don Napito para ir al balneario de «Los Chorros», el cual nos concedio muy gentilmente, pues en la ENA, el trato que se daba a «los ingenieros» era muy distinto al del recluta, inmediatamente corrimos a la cocina a buscar a la «mama Noy» para que nos proviera nuestros almuerzos para llevar al paseo; el viaje a «Los Chorros» lo hicimos pidiendo «aventón»,era muy común que los estudiantes al salir de la ENA pidiesen a los conductores de coches que pasaban que los llevarán, a lo que muchos de ellos accedian gustosamente.
» Los Chorros» era un balneario muy bonito con jardines de plantas exóticas y flores, llegamos temprano por la mañana, el costo para ingresar era de 0.25 centavos de colón, los niños acompañados por sus padres entraban gratís, por lo que hicimos la broma que Urías (taco) quién era de pequeña estatura era hijo de «chumbulúm» y no pagaría; el sol mañanero estaba radiante por lo que el agua no estaba muy fría, nos fuimos a los desvestideros a ponernos el traje de baño, las piscinas tenian bellas y regias cascadas con pequeñas islas árborizadas, con «la zorra» hicimos la «apuesta» de quién llegaría primero a una de ellas, nos lanzamos al agua y nadamos hacía la isla, llegue primero y empece a jactarme de mis habilidades en el nado.
En el andén de la isla estaba sentado un hombre al que no vi, casi topo con sus piernas, al intentar subir a la isla le reconoci…era Simón Tadeo Morejón y era el «salvavidas» del turicentro; me miro fijamente y luego volvio la vista hacia otro lado, me alejé de la isla para la orilla de la piscina, debí ponerme «páyulo» como decía «El jute» que nos veía cuando él Ing. Kike Palomo en trabajo de campo nos decía malhumorado: » avancen reclutas ordinarios, avancen o se van en las pavas», mantuve la serenidad y no permiti que el temor me invadiera aún sin no contar con mi «Coleman», pero por las cochinas y negras dudas ya no bañe por temor a que «el animal» me ahogara,me vesti y disfrute el fécundo y maravilloso paisaje procurando estar alerta por si las moscas.
Mis compañeros fueron a saludarlo y platicarón largo rato con él, a mi hasta el hambre se me fue, poco a poco el turicentro se fue llenando de visitantes y ya no pude verle, fue un alivio para mi que llegara tanta gente, más tarde me reuní con mis compañeros y estos comenzaron a reirse del susto que había pasado, «mi mujer» (Isidro Reyes), me conto que Morejón le pregunto:» y ese hijueputa siempre anda la navaja», a lo que él le contesto riendose: » no se la despega», esa si fue la última vez que me encontre cara a cara con Morejón y la última vez que fui a «Los Chorros», los cinco estudiantes de aquel alegre y divertido «grupo de tareas» nos gradúamos de agrónomos el 9 de de dicíembre de 1972, siendo nuestro padrino de graduación el presidente de la républica, para esos dias los «chistes del coronel Molina» ya estaban de moda en todo El Salvador.